En la fase de la cata de vino, la fase visual es la primera que llevamos a cabo de una forma natural: lo miramos y admiramos, para empezar a degustarlo con la mirada.
El color en el vino nos habla de su trazabilidad y podemos intuir su salud. Nos habla de sus procesos y edad.
Los tonos más vivos y que nos recuerdan a la naturaleza o colores primarios nos indicarán su juventud, así como, a medida que se van apagando y volviendo mates, nos hablan de su paso del tiempo o procesos de envejecimiento, natural o programado por el hombre.
En el color podemos ver la salud del vino: si ha sufrido cambios de temperatura, fermentaciones no deseadas o mala conservación.
El color en el vino es una invitación a tomarlo, o no. Si el color nos gusta, nos llama la atención, seguro que nos apetece ingerirlo y degustarlo; así como una fruta fresca, aromática y jugosa nos invitará a probarla.
Nunca descartemos la fase visual, siempre es importante (aunque no imprescindible) para irnos haciendo una idea de qué vamos a probar. De hecho, hay concursos de vinos que, al anular la fase visual con una copa de cristal negro, los participantes tienen que afinar mucho más sus sentidos, porque, a medida que vas identificando colores, vas descartando algunos vinos. Por lo que, al no disfrutar de esa fase, hay que despertar otros sentidos mucho más.
El color no se estudia, simplemente se siente y se admira. En todas las culturas, el color identifica de una forma clara las costumbres, refleja la naturaleza y da vida a cualquier cosa, nos alegra el alma, y en el vino no iba a ser menos.
Los rojos de México, los atardeceres de Marruecos, los azules del mar, los blancos de las montañas… el color es parte de nuestra vida y, por eso, nos invita a apreciarlo dentro de una copa de vino.
